Veo la lejanía muy de cerca, como si me viera en el espejo,
pero algo no cuadra, porque cuando lo hago
no sé quién es y por qué me mira tan fijo a los ojos.
No parpadea, sólo me mira, como un verdugo,
como un tigre acechando a su almuerzo, la desgraciada gacela que no vuelve a casa.
Veo dos cuencas llenas de agua, agua sucia mezclada con tierra; como el lodo,
Me ven fijamente a la cara. Sin importar a dónde voltee, me sigue, no me deja en paz; es tan ajena a mi, me molesta y me consume.
Como un ave carroñera esperando a ver su comida podrida entre arapos,
¿Quién salva a las víctimas de los animales salvajes? ¿De los deseos egoístas?
El anhelo por la muerte camina conmigo. Camino todos los días con un doberman a mi lado, detrás mío, frente a mi... A veces me lame la mano y me atiborra el cerebro de trivialidades. Me sigue a donde sea, y de vez en cuando me ladra para llamar mi atención, porque aunque a veces no lo noto, ahí está y tiene mi atención.
No sé en qué momento lo adopté y cuándo se volvió parte de mi, de mi rutina, de mi cabeza, de mis movimientos y de mis pensamientos.
Eso veo en el espejo, un doberman negro como la incertidumbre, como la peste. Con dientes afilados como témpanos de hielo listos para caer y clavarse en el suelo nevado, hasta que la sangre empieza a brotar a través de los copos que alguna vez alguien pisó.
Enseña los dientes a diestra y siniestra, listo para morder y desgarrar; qué le importa si es a mi, si es a él, si es a mí. La maraña de mi cabeza vive en constante oscuridad, y de noche los doberman desconocen a su amo.
pero algo no cuadra, porque cuando lo hago
no sé quién es y por qué me mira tan fijo a los ojos.
No parpadea, sólo me mira, como un verdugo,
como un tigre acechando a su almuerzo, la desgraciada gacela que no vuelve a casa.
Veo dos cuencas llenas de agua, agua sucia mezclada con tierra; como el lodo,
Me ven fijamente a la cara. Sin importar a dónde voltee, me sigue, no me deja en paz; es tan ajena a mi, me molesta y me consume.
Como un ave carroñera esperando a ver su comida podrida entre arapos,
¿Quién salva a las víctimas de los animales salvajes? ¿De los deseos egoístas?
El anhelo por la muerte camina conmigo. Camino todos los días con un doberman a mi lado, detrás mío, frente a mi... A veces me lame la mano y me atiborra el cerebro de trivialidades. Me sigue a donde sea, y de vez en cuando me ladra para llamar mi atención, porque aunque a veces no lo noto, ahí está y tiene mi atención.
No sé en qué momento lo adopté y cuándo se volvió parte de mi, de mi rutina, de mi cabeza, de mis movimientos y de mis pensamientos.
Eso veo en el espejo, un doberman negro como la incertidumbre, como la peste. Con dientes afilados como témpanos de hielo listos para caer y clavarse en el suelo nevado, hasta que la sangre empieza a brotar a través de los copos que alguna vez alguien pisó.
Enseña los dientes a diestra y siniestra, listo para morder y desgarrar; qué le importa si es a mi, si es a él, si es a mí. La maraña de mi cabeza vive en constante oscuridad, y de noche los doberman desconocen a su amo.

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